miércoles, 4 de febrero de 2009

La ciudad

Comencé sin saber que mis pasos olían a desgaste. Pero mi ímpetu podía más que mis esquemas, sólo me levantaba y suspiraba aunque me espantaba todo lo que veía. Me encorbaba y miraba mis pies rosando el fuego de la tierra.
¿Quién me quiere seguir, sin que me pida mirarlo a los ojos y explicarle que estoy aterrado?.
Lograba entrar en una ciudad y sus habitantes, llenos de rebosantes mejillas y tan bien armadas imperfecciones, me dejaban seguir. Entraba y salía de una ciudad y no me daba cuenta, y no se daban cuenta. Sólo ese ser interrumpió mi ir y venir alienado. Lo sentí tan cercano, tan conocido, pero me traía sorpresas; a lo mejor era el mismo, sólo que yo no lo era.


Seguí caminando por las calles de esa ciudad desconocida, y con mi acompañante que seguía mis pasos tranquilamente, con la tranquilidad de un monje. Se acercaba el atardecer y mis ojos se llenaban de humo de alguna fogata improvisada, pero olía a comida y mi cuerpo me recordó que soy un animal todavía. Llegada la noche, mi acompañante ya se había perdido y por fin logré entrar a un lugar para comer y beber algo. Me senté algo cansado y agobiado de tanta incertidumbre, daban vueltas mis angustias sin cesar y de pronto se acercó una mujer con piel ajada y muy estilisada figura preguntando: "¿Qué quería?, sólo respondí : "algo para comer y beber", sin ganas de elegir. Al parecer comprendió y se alejó hacia la cocina...